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TRES MILAGROS.
Ricardo Dubin.
Tres milagros me contaron,
tresitos hei de contar
para que vean, hermanos,
las señas que Dios nos da.
Las tres historias sucedieron más o menos como siguen.
Se han modificado con el tiempo, que es viento en los llanos del alma, porque la memoria no es un reflejo de lo sucedido sino una creación constante.
En nuestro caso, hay dos vientos que se cruzan y zarandean lo que recordamos. Uno es el modo en que nos vemos a nosotros mismos, herencia transmitida de generación en generación, y otro es el de los textos cristianos, que se enseñan cuando somos niños.
Ambos se superponen para componer la realidad, y de ambos se hace la experiencia, que no es un hecho sino su recuerdo.
Otros relatos me hicieron pensar en lo que sentirían los protagonistas, y arriesgo aquí tres cuentos.
Desde Heródoto, quinientos años antes de Cristo, queda el registro de la distancia entre logógrafos e historiadores.
Los primeros son los que saben y cuentan lo que saben; los segundos son los que no saben y preguntan para poder contar.
Logógrafos somos todos, de lo contrario careceríamos de un mundo en que vivir. En lo que hace a estos relatos, prefiero que se ignore el tiempo dedicado a las preguntas.
Esto no implica desconocer las fuentes, que suman voces, programas de fiestas patronales, el rescate realizado por Alonso Sánchez en los archivos de la Prelatura de Humahuaca, y autores que reconstruyeron nuestra historia regional, cuyos textos enmarcan y modifican otros datos de la memoria.
Las versiones que siguen expresan la religiosidad de nuestro pueblo, su modo de explicarse el sentido de la vida recurriendo a la parábola cristiana.
El primero podría ser la historia de la Virgen de Punta Corral.
El segundo le sucedió a doña Secundina Vilte hacia 1883 en la localidad de Cangrejos.
El tercero se basa en el relato de la Virgen de Copacabana de Cuchillaco.
Y así comienzo, señores,
esta historia singular
que aconteció en nuestra tierra
casi dos siglos atrás.
CONSUELO VALLISTO.
Era el tiempo de la guerra,
dicen que en Punta Corral,
y si no fue de este modo
parecidito será.
Se había vuelto necesario proveerse porque las ferias eran puro viento y frío, pero cuando desde la curva vio el almacén en lo bajo, también vio a lo lejos la tropa que se acercaba. Lo abrazó el miedo de perderlo todo, y también el ansia de andar el mundo. Los vio cercar la casa y a dos que se escapaban por debajo del churqui.
- Si me han de alzar, que me busquen en mi tenencia, pues, - se dijo y volvió el andar por sobre sus propios pasos.
Llegaría sin la mercadería, pero la guerra hacía temer que no pudiera regresar. Dos veces escuchó galopes que lo seguían, otra vez fue un sayal que anunciaba a alguien andando por el borde de la acequia. La cuarta fue una mujer sentada sobre una piedra en el abra.
Ella se volvió para verlo llegar, dejando que sus cabellos flamearan con el viento, y el ocaso recortó su silueta contra el cielo. La vio con deseo y temor, pero su cercanía le otorgó la calma que sólo puede brindar una madre, y oyó una voz que decía que la había elegido para que diera a luz a su hijo, Jesucristo. Se arrodilló a sus pies, y la mujer le sonrió.
- Volveré mañana para que puedas llevarme y estar siempre contigo, - le dijo.
El hombre sintió en su pecho la plenitud del consuelo. Ya sabía que matando o muriendo en la batalla, con los suyos creciendo entre las chacras, junto a los animales de su tenencia, en los brazos de su mujer, cual fuera su destino, ese era el plan de Dios.
Regresó a su casa con las alforjas vacías pero con una esperanza por concretarse al otro día. Velaron toda la noche, rezando y prendiendo velas a la Virgen del oratorio, y al fin vieron al sol rayar por sobre el muro de tierra.
Aún en los momentos en que el viento hacía pensar en la llegada de las tropas, cuando el miedo enturbiaba la fe, no dejaron de tener por cierto lo que acontecería, como si ese futuro ya hubiera pasado y lo pudieran ver.
Cantó el gallo, y el hombre se puso de pie para buscarla. Al llegar, no vio su cuerpo sino una piedra triangular, cuyos lados hacían pensar en las faldas de María. La alzó en su chuspa y regresó. Nadie dudó que se tratara de la madre de Jesús.
Bajaron al pueblo para presentarla al cura, y el camino era una inocente alegría. Vieron el valle hundido en las profundidades, fumaron y coquearon y se les hizo cálida la cúpula de que se erguía en la otra banda. El viento zarandeaba la descolorida cabellera de las cortaderas.
Entraron al templo andando arrodillados hasta el altar, donde los atendió el padrecito. El hombre se sentó en la grada para sacar de la chuspa el pañuelo que protegía la piedra. El brillo de su blancura asustó al sacerdote, porque podía ser tentación del demonio.
¿Porqué esa piedra? ¿Porqué una piedra? Pero no quiso contradecir la fe de los campesinos, la tomó con cuidado y la puso en una mesa. Les pidió que volvieran al otro día, iban a dar testimonio ante el juez.
Rezó pidiendo una señal que lo iluminara. Nada interrumpió el silencio de la noche ni de sus oraciones hasta el alba, cuando por las ventanas entraron los primeros rayos del sol. Hacía frío.
Cuando salió, ya lo esperaban los campesinos, vestidos con rojos, amarillos, verdes y azules en polleras y rebozos, y pareciéndole fuego, el cura temió. Había en ellos algo que le era inalcanzable.
Caminaron sin hablar hasta golpear la puerta grande de madera, donde los atendió la indiecita que corrió a anunciarlos. Declaró los hechos como los recordaba, levantando la vista hacia la mirada del sacerdote, que tenía los ojos cerrados en oración.
El juez le preguntó de donde venía, y el hombre se lo repitió. Le ordenó esperar afuera, donde los suyos lo vieron regresar con el gesto confundido, porque por primera vez pensó que la aparición le podía traer problemas.
- Viene de donde ha estado la patrulla alzando tropa. No nos va a engañar con esa piedra, pues. Es un desertor, - le dijo el juez al sacerdote y mandó que prendieran al campesino.
Lo tomaron de los brazos para llevarlo al destacamento, y se dejó llevar. Cayó de bruces en un calabozo oscuro. Se apoyó en la pared y escuchó que tras la puerta lloraban su mujer y sus hijos.
- ¿Para hacernos sufrir te has venido, pues?, - le preguntó a la Virgen, pero en el corazón sabía que no iban a terminar así las cosas.
Para el cura, que fuera desertor era mejor milagrero, porque podía olvidar el caso, pero cuando volvió a ver la piedra se le hizo patente lo que estaba pensando: había visto los pasajes del encarcelamiento de Jesús. Se aseguró de que la familia del reo recibiera comida, y cuando regresó a la iglesia, la piedra ya no estaba.
Le preguntó al Crucificado por el significado de esos hechos. Pensó que una presencia mariana encarnada en piedra, no le pertenecía al templo sino al andar de los cerros.
Pensó en la poca fe que les quedaba, y en la ofrenda de fe del campesino, llamada a convertirse en la fe de todo un pueblo. ¿Podía imaginar la veneración de los sikuris y miles de peregrinos por ese andar solitario?
El cura fue a hablar con el juez para referirle los hechos y pedirle que lo dejara libre, porque sabía que la piedra había regresado al abra. Y allí la encontró el campesino, una vez que estuvo de regreso.
La historia siguió rodando,
el tiempo la cobijó,
aún se sube a los cerros
para hacer la procesión.
REVELACIÓN PUNEÑA.
Como un Coquena sangrando,
como un pastor, vea usted,
le apareció a Secundina
lo que aquí les contaré.
Dos años después, nacía una niña, segunda hija natural, luego casada con un pastor salteño. A los 45 años sufría mal de corazón, tenía manchas en los ojos y sueños de varias clases las más extravagantes. Era criadora de ovejas y no había tenido otras apariciones milagrosas.
Pastoreaba por la tarde cuando se le apareció un hombrecito. Vestía picote amarillo, pantalones hasta media pierna, camisa blanca de algodón, gorra blanca y llevaba los pies descalzos. Era blanquito y alegre. Dijo venir del cielo, y su cuerpo manaba sangre viva de las rodillas hasta los pies.
- Nunca ha mentido, pues, - dijo el pastor con el sombrero en la mano. – Es de mucha religión y piedad, aunque sufre malos sueños y tiene nubes en los ojos. Se fue a pastorear y le apareció el niño que sangraba.
- Era como de vara y media de alto, pues, - lo describió la mujer. – Me da la mano, hija, dice, bajé del cielo por ustedes, pues.
- Vengo del cielo porque no escuchan, - dijo el hombrecito. – Trabajan los días de fiesta, pero no sabrán trabajar desde el viernes hasta el lunes a los gallos.
- ¿Dónde está tu marido?, - preguntó después. - Trabajando y sus hijos en la casa, comiendo, coquiando, tomando. No hacen caso, pues.
- Me ha dicho que no nos lo hacen a nosotros sino a él, y que rogamos a los que tienen en vez de rogarle, - siguió contando la mujer.
- ¿Quién era ese niño, pues?, - quiso saber el juez.
- Como cristiana creo que sería nuestro Señor Jesucristo, - declaró la mujer y regresó a su casa.
Dos semanas después, en el mismo sitio, le apareció un crucifijo como de dos centímetros de largo.
- El vestido era de chaguar, con una bufandita blanca al cuello. Sobre la cabeza llevaba un quitasol y era blanco y por las pantorrillas vertía sangre y de las manos, y estaba descalzo, pues. Nunca le´i visto ni conozco a quien pueda pertenecer, era como de oro, envuelto en algodón en un custodio de madera con vidrio al frente, dentro de otro de madera más grande. No parece haber sufrido.
Llegó el día sábado, a media mañana, cuando el patrón los vio sentados junto a la casa. Los descubrió con sorpresa y lo recibieron con temor. El hombre se sacó el sombrero, se puso de pie, y le dijo al patrón, que iba montado:
- Vea, don. Fue nuestro Señor Jesucristo quien nos mandó descansar, pues.
- ¿Hasta cuando les dijo que descansaran?
- Hasta el aclarecer del lunes, pues.
- Lindo Cristo se han echado. Me ha dicho el juez que era un niño.
- Niño era, y dijo lo que estaba haciendo yo y lo que estaban haciendo mis hijos, pues.
- Diablo era si enseña que no hay que trabajar, ¡haraganes! No hagan caso de ese duende y vayan a pastorear, pues.
El hombre y la mujer no supieron qué responderle y se pusieron de pie y soltaron las ovejas. Y, al andar, la mujer decía:
- Perdónalo, Señor, no sabe lo que hace.
A quien rezan los patrones,
ese Cristo no ha de ser,
el que viviera fue pobre
y los iba a comprender.
LA IMAGEN Y LA FE.
Este cuento que les digo
sucedió y en Cuchillaco,
la imagen de ese santero
aún se sigue venerando.
Una señora subía al cerro para pedirle salud a la Virgen, pero la enfermedad le impidió completar la promesa. Sufría de no poder hacerlo, pensando que sus dolores le venían del pecado. Sus hijos vieron la fe que tenía, y le obsequiaron una estampa de la Virgen de Copacabana.
Una mañana llegó un santero a casa de la señora enferma, y le ofreció hacerle una réplica. Trabajó todo el día bajo un árbol, buscando el rostro y las manos de María en las vetas de la madera. Le pintó los cabellos y delineó el rostro con un pincel. La recubrió de un material como de piedra, y partió para la oración.
Había tomado de su matecito y comido de su bollo, sentado con ellos, en silencio, sobre un tronco. Antes de irse, recibió el avio para el camino y el salario. No tenía aureola de santo ni alas de ángel, era bajo y moreno, de hablar poco, pero con la imagen que hizo dijo mucho.
La Virgen era bella, pequeña, algo morena, digna y a la vez humilde. No más grande que una muñeca, pero enorme en su significado. Llevaba los ojos asombrados, porque así como son milagros las cosas del cielo en la tierra, así les sorprende en los cielos la poca fe de los hombres.
Tenía la espalda erguida como la tiene el cerro, y como él, siempre quietecita, siempre tranquila, como si dijera así cosas sobre las preocupaciones que nos aquejan. Uno sabía que sufría por la suerte que había corrido su hijo entre los hombres, pero era, al mismo tiempo, un manantial de consuelo.
La señora se lo contó a los vecinos, pero no habían visto a nadie que se acercara a la casa, y ella se preguntaba quien sería ese santero y de donde habrá venido para que nadie lo vea. ¿Porqué había ido a su casa si ella no había completado los tres años de la promesa con la Virgen?
¿Acaso se le ofrecía un milagro también al que no cumplía? ¿O era que quería escuchar la adoración de sikuris también en esos cerros, verlos andar en misachico y detenerse a rezar en los calvarios?
- Sin mercerlo me has dado, pues, - dijo la señora cuando concluyó que era obra de Dios, y se curó.
Este es el nuevo remate
para el Abra de la Cruz,
que los cuentos de mi tierra
sigan arrojando luz.
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